(Leer la primera parte).

(Leer la segunda parte).

Soy la misma Andrea que conociste. Sí, la misma. Nada cambió para mí. El tiempo supo quebrarme la cara pero no me movió del sitio en el que me dejaste. Me arrancaste el corazón de cuajo y la herida todavía sangra. No sé de olvidos, sí de melancolías. Y la tuya todavía late.

Cuando mi hermana se topó con tu manuscrito y comenzó a leerlo, entendió que tenía que verlo. La forma soberbia y descarada en la que hablás de mí como una simple noviecita de colegio me da náuseas. Tres años de noviazgo resumidos en unos pocos párrafos que no son ni podrían ser representativos del amor que nos juramos todas las noches de nuestra relación. Mi figura se lee tan insignificante que da lo mismo cualquier nombre, soy solo una más de tu lista de conquistas. La omisión del embarazo es una crueldad que nunca te voy a perdonar.

A una autobiografía la disfrazaste de novela y barriste conmigo sin que te tiemble el pulso. Qué descaro manipular así una historia de amor. Qué descaro salvarte del karma a costa de omisiones.

Para vos fue fácil irte del pasado. En cuanto perdí el embarazo entendiste que tu futuro estaba en la ciudad y sacaste un pasaje de micro, me dejaste sola, desgarrada, elaborando dos duelos en simultáneo y con una angustia que todavía no puedo terminar de tragar. Lo último que te dije fue: “¿qué voy a hacer sin vos?” Me miraste, se te cayó una lágrima y seguiste caminando como si fuera un perro de esos que se abandonan en la ruta.

Aquí estoy, aquí sigo, no pude hacer nada. Soy una planta a punto de secarse.

Que sigas disfrutando de tu vida ideal, de tu familia tipo, de tu hijo adorado.
Te felicito por seguir adelante.
Por lo menos vos pudiste.

*****

Hola, Andrea. Veo que no se te sacude la costumbre involuntaria (¿o no?) de dejarme helado cada vez que aparecés.
No entiendo de qué te estuviste queriendo vengar. ¿De que siguiera con mi vida? Lo nuestro estaba agonizando mucho, muchísimo antes de que perdieras el embarazo. No llegamos ni a tener esa charla detestable de logística sobre dónde y cómo íbamos a vivir. Las discusiones emocionales eran de lo más superficial, siempre saldábamos las diferencias con algún te quiero elaborado, tratando de calmar al otro y de creérnoslo nosotros. Vos me dijiste “yo no sé” una vez, ¿te acordás?
-Te quiero
-Yo no sé.
No me atreví a la repregunta.

Éramos chicos. Me puse al hombro nuestra relación y el incidente, no temo llamarlo así, de la mejor manera que pude. Estaba contento y cagado por igual, tampoco reniego de eso. Tomé la pérdida como la señal definitiva de que debía irme de ahí. No de vos, de todo. Terminamos el colegio y nos vimos sumamente perdidos. No, perdón, hablo por mí. Me vi perdido. El barrio es chico y le da batalla al paso del tiempo. Necesitaba romper con eso. No me arrepiento. Extraño, sí, pero no me arrepiento.

Pasaron más de 20 años. ¿Por qué ahora? ¿Por qué así? Y si disfracé una autobiografía de novela, ¿qué? Lo decís como si hubiera algo de malo. La imaginación es hermosa y es un juego sin fin. La propia vida es un tedio y un año más es un año menos. Pero yo prefiero la finitud de las cosas. La finitud concreta de las cosas. Me alivia saber que hay finales y que, inevitablemente, queramos o no, implican principios. Me alivia hacer el racconto de los tormentos que ya viví, me reconforta haber visto a mi viejo sin laburo y salir con mi hermana a buscar changas para que en casa no cambiara casi nada, a mi abuela llorar un hijo, a mi abuelo llorar a mi abuela. Me interesa lo ocasionalmente antinatural de los ciclos de mi vida (y entender que, al fin y al cabo, son baratijas respecto del total). Me calma pensar en cómo me perseguí de más y me invito seguido a reflexionar sobre mis formas de querer y de cuidar. Y sobre todo eso, me fascina escribirlo. Porque, sabés, me fascina escribir.

En medio de aquellos universos estás vos, la compañerita del colegio más linda que un pibe de 14 puede imaginar. Los papelitos en la mochila, tu flequillo peinado hubiera viento, sol, examen, recreo, tu pollera que dejaba asomar las calzas. Como digo en la novela, “la piba que quisiera hacerme si tuviera una fábrica de hacer pibas”. Una muñeca pilla, eso eras. Y me enamoré. Y nos pusimos de novios. Y terminamos el colegio de novios y pensando que íbamos a ser papás. Y no pasó. Y yo decidí terminar nuestra relación e irme.
Pero no te autoengañes. Sos (eras, al menos) mucho mejor que cualquier mentira que te digas. No fue abrupto, fue simplemente definitorio. Vos tampoco me querías de la misma forma. El amor cambia cuando cambian los escenarios, pero vos me querías menos. No distinto, o sí, pero también menos. Te desenamoraste y no te lo querías admitir. Y yo también me desenamoré, y no sabés cuánto me dolió. Quedarme a tu lado por lo que fuimos hubiera sido un error fatal.

No tuve intención de herirte, pero de irme no me arrepiento.
No sé si tendrás algo más para decirme. Yo me siento huérfano de explicaciones. Pero yo soy así, quizá sea mambo mío.

Ojalá puedas, como dice el uruguayo, no estar en sino ser el movimiento.
Pero no me culpes a mí si no se te dio en 20 años. Eso corre por tu cuenta.

Aníbal

*****

Todavía no deja de sorprenderme tu incapacidad para involucrarte en las situaciones que te tienen como protagonista. Podrá ser un buen mecanismo de defensa, pero la negación te hace tan impune como cobarde.

Qué simple la forma en la que resumís nuestra historia valiéndote de adjetivos superfluos y palabras mentirosas. Qué fácil entenderla si la explicás así, despojada de la crudeza que trae aparejada una rotura de corazón.

Poetizar la mierda, típico de escritor mediocre. “El incidente”, decís. Así debés ir por la vida, buscando palabras convenientes para limpiar tu pasado, inventando olvidos para que te pese menos tu propia cruz, tercerizando las vivencias para que tus personajes resuelvan los pendientes frente a los que tuviste miedo. No sé si sentir bronca o compasión. Allá vos y todos tus límites emocionales, acá yo y las ganas de hacerme cargo que nunca tuviste.

¿Por qué ahora? Porque recibir el manuscrito fue la cachetada que me despertó. Pasé madrugadas enteras pensando en todo lo que podríamos haber construido juntos si no te hubieras ido, culpándome por no haber podido retenerte, sintiéndome vacía y sola.

Si te hace feliz o liviano creer que ya no estaba enamorada pero me rehusaba a admitirlo, seguí así. Te leo la estrategia: estás dando vuelta la responsabilidad para limpiarte de cualquier culpa. Lo mismo hiciste en la novela, acusaste una distancia que jamás puse para no ser el desconsiderado que ABANDONÓ a su novia que acababa de perder un bebé.

Fuiste el gran amor de mi vida y te recuerdo a diario. Fui una más en una lista de muchas. Creo que no hay mucho más que explicar.

No te voy a culpar por todo lo que no pude hacer. Te voy a culpar por todo lo que hiciste.

Quizá, después tantos años, todo se resume a esto: sos una mierda de persona, Aníbal. No te merecés nada bueno.

Qué placer poder vomitar lo atragantado.

Creo que nada más. Por el momento, nada más.

*****

No voy a decirte todo lo que pienso sobre esto que escribís porque entraríamos en ese sinfín de auditarnos las justificaciones, las razones y las culpas. Y no me interesa. Tengo 44 años, ya ni siquiera puedo hablar por el pibe de 17 que fui porque no recuerdo todas las fisuras y detalles de lo que decía, hacía, sentía ni pensaba. Recuerdo dos cosas: que te cuidé y que me prioricé.
Me hago cargo de que no era feliz y me fui. (Es muy difícil admitirse infeliz). Del resto, no. De tu lectura enferma, de los anzuelos que te inventás para aferrarte al pasado, del apego desmedido por un amor adolescente, no. Me lo viniste a dejar en mi puerta y así como está lo acerco al cordón.

Chau, Andrea.
Me alegra que te sientas mejor.

*****

Anibalito, amigo, ¿te sentís mejor? La tipa estaba mal de la cabeza, y ni siquiera es una opinión malintencionada, fue paciente psiquiátrica casi toda su vida. Ya había tenido dos intentos de suicidio con pastillas y sin embargo, para tratar de curarla, la colmaron de medicación. Una ironía que salió por la culata. Era una bomba de tiempo, solo que esta vez explotó. Incluso su hermana dijo que sufría de depresión crónica y hasta llegó a tener ataques de pánico y alucinaciones. Era mucho más serio y complejo de lo que podríamos imaginar. En el barrio la conocían como: “la loca de la casa de las flores”.

Yo lo lamento mucho por ella pero más por el pésimo año que tuviste que atravesar por culpa de una enferma mental. Suena terrible pero es lo que era. Tanta incertidumbre, tanta ansiedad, tantas complicaciones. Todavía no sé cómo me encontró para hacerme llegar Ayer Late. Calculo que estaba más cerca tuyo de lo que creías, seguía tus pasos.
Ahora te queda el libro y el recuerdo amargo de una historia de pérdidas. Lo bueno de ser escritor es que todo lo malo lo podés pensar como inspiración. El dolor puede ser una oportunidad si aprendés a flotar y no dejás que te hunda.

Me quedé pensando en cómo de pronto y de la nada puede aparecer una persona repleta de rencor con la única finalidad de arruinarte el presente. Estar vivos es un riesgo constante. Haber obrado con buena intención y tener la conciencia tranquila no te garantiza nada. Nada te garantiza nada, ¿notaste? La mala suerte, como la buena, es loca y a cualquiera le toca. También hay un karma pero se toma su tiempo y no siempre te encuentra. Qué peligro la vida, el simple hecho de abrir los ojos nos convierte en potenciales víctimas de injusticas. Bueno, esto no debería decírselo a un hombre que en unos meses va a ser padre, pero igual ya lo sabés. ¿Cómo está Julieta?

Tranquilo, campeón. Cuando no se puede hacer nada, tampoco sirve lamentarse.

Gastón.

*****

Y, acá ando hermano. Estoy mejor. ¿Sabés qué es lo raro? Más allá de estos últimos meses, del libro, de la copia, de los intercambios con ella, de los problemas en casa; más allá de todo eso me es muy raro que se haya matado una mujer que amé. Ya sé que tenía mil quilombos mentales, pero igual, hay algo en la esencia de ella..siempre hubo algo que… no sé, escribo y borro porque hace semanas vengo desvariando con las ideas.

Supongo que eventualmente me olvidaré o pasará a alguna cajonera del inconsciente. Qué triste.

Es resto, bien. Julieta, hermosa. Pablo dice que ya es tarde para ser hermano de alguien, que ya no tenemos tiempo para un bebé porque la semana que viene hay kermesse de fin de año en su escuela, después nos vamos a lo de mis suegros y en febrero tiene que aprender a andar en bici. Que “no es que no quiera, no tengo tiempo de tener un hermanito”.
Gran reflexión, no sé de dónde sacó el derrotismo. Ah, un momento.

¿Vos? ¿Tu laburo nuevo?
Sos mi “veámonos antes de fin de año” sincero, valoralo.

Aníbal

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Siempre se mueren las personas que amamos, si no las matamos nosotros con el olvido se las lleva la misma vida.

Mañana te llamo y arreglamos un encuentro así generamos recuerdos que nos sirvan para cuando en el futuro queramos extrañar.

Gastón.

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FIN.

 


Se acerca Navidad. ¿Creés en Papa Noel? Escribile una carta contándole lo bien que te portaste y pedile el libro. ¿Es una fecha más? ¿Un inventido de Coca-Cola? No le hagas el juego al capitalismo, combatilo con la melancolía del género epistolar, hacete de nuestro libro. ACÁ.